El vampiro evoluciona.



El arquetipo del vampiro está cambiando en la literatura y el cine, y al igual que ocurre con todos los cambios, hay quienes están a favor y quienes están en contra, quienes consideran el cambio como una verdadera amenaza a la esencia original y quienes  creen que es necesario para adaptarse a los nuevos tiempos.
Si echamos un vistazo al pasado, el vampiro por excelencia es un ser oscuro, mortecino, sin sentimientos; dominado por los instintos y la antropofagia. Un ser que destila maldad en estado puro. Pensar en este tipo de vampiro me acerca al Nosferatu de Murnau, al Drácula que tan brillantemente interpreto Bela Lugosi y a los vampiros que nos muestra Richard Mathenson en Soy Leyenda. Y más recientemente: 30 Días de Oscuridad de Steve Niles y Nocturna de Benicio del Toro. Estos serían claros ejemplos de la imagen que muchos tienen de cómo debe ser un vampiro.
El mito del vampiro no es una moda pasajera, siempre ha estado ahí, aunque hay que reconocer que el fenómeno ha resurgido con mucha  fuerza en los últimos años. En gran parte, por ese nuevo vampiro literario que ha acabado convirtiéndose en un fenómeno mundial, que ha traspasado el papel para cobrar vida en la pantalla. Libros, películas y series, nos muestran la transformación que estos seres están sufriendo, un cambio de paradigma: vampiros con sentimientos de culpabilidad y más humanizados, seres oscuros que desean la luz, que quieren despertar a las emociones y recuperar un poco de esa humanidad que perdieron. Como hombres que fueron, son complejos, pueden mantener esa dualidad que nos caracteriza en cuanto a bien-mal, luz-oscuridad, bondad-maldad,  egoísmo-generosidad, pecado-virtud; así que han decidido abandonar las sombras y están evolucionando.
Ha nacido un nuevo vampiro: eternamente joven y oscuro, hermoso y con un gran magnetismo y atractivo (al fin y al cabo son sus armas de caza). Romántico, elegante, culto, profundo y sutil, un asesino que se resiste a matar, pero que continua sujeto a su condición y sus instintos, y que lucha para liberarse.
No creo que los vampiros de ahora sean light, edulcorados, como los detractores insisten en llamarlos –a excepción de algún caso, por supuesto. No daré nombres. 
Hay infinidad de modelos que ponen de manifiesto lo que expongo:
Acordaos de Lestat, ejemplo de romanticismo, sensualidad y también de maldad, egoísmo y vanidad. Asesino sin escrúpulos que no conoce el arrepentimiento, en consonancia con su opuesto y amado Louis, uno de los primeros vampiros éticos de la literatura. 
Del Drácula de Coppola,  más romántico que monstruoso, pero capaz de cualquier atrocidad para conseguir aquello que desea.
De  Blade, otro «vegetariano».

Y de plena actualidad, personajes de series como True Blood o Crónicas Vampíricas,  de verdad me cuesta ver a Bill Compton  como a un metrosexual vanidoso y perfecto, y  a Damon Salvatore como un vampiro contenido que controla sus impulsos, sean del tipo que sean. Ambos poseen los rasgos clásicos de la naturaleza vampírica.
Películas como Déjame Entrar, adaptación de la novela del sueco John Ajvide, llevada al cine por Tomas Alfreddson, mantiene, a mi parecer, la esencia del mito del no-muerto a la vez que cuenta una preciosa historia de amor. ¿Por qué un vampiro no puede amar?
No creo que el vampiro haya perdido su magia, su viejo encanto, los detalles que lo hacen terrorífico, simplemente está evolucionando, rejuvenece y se adapta para llegar a todos los públicos.
Los clásicos siempre estarán ahí, indisolubles, de los que se seguirán nutriendo la literatura y la industria del cine. Nunca pasarán de moda, son las raíces de estos nuevos personajes que traen un aire distinto, acorde a una nueva sociedad que necesita variedad. Gente joven que crea  sus propios mitos,  más afines  a su personalidad pero sin desmerecer a los pioneros y desde el más absoluto respeto. Entonces, por qué no tratar con ese mismo respeto a quienes disfrutan con estos  nuevos vampiros.