Sobre literatura, imaginación y otras locuras



Hoy he estado hablando con un escritor sobre editores, agentes, manuscritos; sobre lo difícil que es conseguir publicar y la cantidad de cosas negativas que vamos encontrando en el camino hasta conseguir, con suerte, que uno de ellos se fije en nuestro libro. Entre otras muchas, ha dicho una frase que me ha llegado al alma: No dejes que te hagan odiar la literatura.

He pasado un buen rato pensando en ello, ¿de verdad podría acabar odiando algo que amo tanto como es escribir? Pues si es así, no quiero imaginar qué tendría que ocurrirme para llegar a ese extremo.
Escribir es mi vida, es la única forma que tengo de poder desvariar, soñar e imaginar, sin que nadie piense que estoy loca.

–¿A qué te dedicas? Escribo, quiero ser escritora.
–Ahhhhh –sonríen, intentando que no se les note que te miran como si tuvieras un marciano en el hombro–. ¡Qué guay! ¿Y qué estás escribiendo?
–Bueno, ahora estoy con una historia fantástica. Un chico guapísimo clavadito a Taylor Lautner que descubre que en realidad es un experimento genético, un prototipo de arma de destrucción masiva que el gobierno de un país de esos que nadie conoce, quiere usar para destruir al resto del planeta. Por supuesto, hay una historia de amor. Se enamora de  una chica preciosa, lista y sexy; amiga –mira tú por dónde– de la novia del cirujano experimental que conseguirá desactivarlo unas décimas de segundo antes de que provoque una fusión nuclear –suelto, al borde de la asfixia.
–¡Vaya, suena genial, como una peli!
–Sí, ¿verdad? –asiento emocionada.

Ha colado, ahora te miran como si fueras alguien especial. Lo que no he dicho es que, en realidad, eso es lo que estuve imaginando toda la tarde mientras hacía la colada y fingía planchar ropa, con mirada ausente tras haber visto la película Sin Salida. Y sí, yo era la prota. Lo admito, soy un fanfic con brazos y piernas y una sonrisa de lo más simpática. Y lo mejor es que, mientras soltaba la parida, una nueva historia para un libro tomaba forma en mi cabeza. ¡Dios, voy a necesitar cuatro vidas para escribir todo lo que tengo almacenado!

Vivir en las nubes debería asumirse como un estilo de vida más, no como un excentricismo, indicio de locura transitoria o… crónica, depende del caso. Mi ánimo, pensamientos y sueños cambian dependiendo de lo que esté leyendo o escribiendo en ese momento. Cuando me dio por la fantasía épica, era capaz de emocionarme a moco tendido mientras iba en el autobús, imaginándome escenas de lo más trepidantes y tiernas con mi Aragorn del alma. Si hasta caminaba con la agilidad y el sigilo de un elfo, algo que viene muy bien a la hora de escaquearte de la vecina de turno, que duerme de pie junto a la mirilla de la puerta. 

El terror casi me provoca un trauma, ahora lo dosifico, no porque me diera por vivir aterrada bajo la cama, sino porque tenía cierta tendencia a encariñarme con el psicópata de turno. Cuando empiezas a acariciar el cuchillo de la carne como si fuera el torso de Paul Wesley, es que tienes un problema. La literatura juvenil ha terminado de abrir la caja de los truenos, para ser más exactos, el género paranormal. ¡Cómo me gusta escribir historias de este tipo! ¡Me encantaaaaa! Acabo enamorada como una pánfila de cada uno de mis protagonistas masculinos y, mientras el romance dura, soy feliz como una perdiz. Me quieren, me miman, me adoran, me hacen sufrir, llorar, me ponen celosa... grrrr… y tras un final de película, mi peor defecto termina con todo de un plumazo: soy infiel por naturaleza. Así que tras mi primera historia de amor con William, mi vampiro atormentado, tan letal con una daga como Hellboy cuando amenazan a un gatito, vino Adrien, un ángel un tanto especial; intenso, pero no duró. Ahora me derrito con Nathan, un brujito caradura y con mal carácter, pero que me hace suspirar. No me lo puedo quitar de la cabeza, discutimos en el desayuno, en la comida y antes de dormir, tiene la fea costumbre de aparecer cuando estoy tomando un café con mis amigas. La última vez terminé de confirmarles que estoy loca de remate: ¿Quién tiene papel y lápiz? ¿Quién tiene? ¡Venga, que se me olvida! Acabé anotando cuatro palabras sin sentido en el iPhone y casi tengo que llamar a un especialista en códigos secretos para desencriptarlas. 

Gracias a que vivo en las nubes y que nunca dejo de fantasear, puedo escribir mis novelas.

No puedo evitar soñar despierta, imagino historias constantemente, mientras ando por la calle o destrozo la cocina intentando fabricar algo comestible o hago la compra; y el cine es mi perdición. He besado a Spiderman bajo la lluvia, sólo que la chorrada de hacerlo boca abajo la eliminé del guión, la mía era mejor. Le he salvado el pellejo a Batman (Christian Bale) infinidad de veces, y he visto atardecer junto a Conan mientras me decía: “Yo Conan, tú María”. Vale, eso es de Tarzán, pero es que a mí Johnny Weissmuller como que no. En cambio Jason Momoa, alias Khal Drogo, me baila la danza maorí y da dos sacudidas de melena y me tiene en el bote, y mira que la película era mala.

Y ya podéis imaginaros qué ocurrirá cuando estrenen la nueva película de Superman con Henry Cavill de protagonista. Sí, la loca de la noticia en el periódico al día siguiente seré yo. Mujer poseída por un extraño frenesí, salta desde una azotea gritando: ¡A qué no me coges!
Se nota que ahora me ha dado por escribir romance, ¿no?

¿Cómo voy a odiar algo que llena mi vida de tantas cosas maravillosas? La literatura, escribir, es una forma de vida. Contar a los demás historias que te emocionan y que te mantienen viva es lo mejor del mundo.

El problema es que sí se puede acabar odiando la literatura, cuando escribes con ilusión y después, cuando intentas cumplir tu sueño, sólo encuentras  editores o agentes que no se toman la molestia de contestar nunca, puertas cerradas y muchas trabas. Se necesita mucha paciencia para ser autor hoy en día. Confianza en el trabajo que hacemos y en que nuestras novelas tienen el alma necesaria como para encontrar el hueco que se merecen. Así que no dejéis que nadie os haga odiar la literatura, ¿vale?

Un abrazo.