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Welcome to my life: mi vida antes, durante y después de la creación.

viernes, 28 de febrero de 2014


Vosotros preguntáis y corréis el riesgo de que os conteste. A veces, para lograr entender algunas cosas, las palabras no son suficientes y una imagen consigue que entiendas lo que una hora de confesiones escritas no logra. No me da vergüenza decir que soy escritora, se supone que es lo que soy, pero no puedo evitar sentir cierto reparo cuando pronuncio la palabra. Como si ésta obedeciera a un perfil mucho más glamuroso, inteligente, sólido en el tiempo por un trabajo y un apellido que ya habla por ti, sin necesidad de que tengas que abrir la boca salvo para tomar aire y decir: ¡Oh yeah, sí, soy yo!
Vale, esto que acabo de decir es una chorrada enorme, pero quién no lo ha pensado alguna vez. A mí me ha pasado, no sé, hago introspección de mi yo, en mi día a día, y lo que de verdad veo es un ente bipolar con arrebatos asesinos y que alterna los momentos de lágrimas con otros de risas histéricas. Y la culpa de todo la tiene esta afición, trabajo, suicidio o como queráis llamar a escribir novelas. No hay una imagen de hipster mona y despreocupada al otro lado de la pantalla. No hay glamour, ni me acompañan cual escoltas los modelos guapísimos de mis novelas. Ya me gustaría. ¡Taylor Napier!
Y por qué digo esto, ahora vais a entender lo de «una imagen vale más que mil palabras».




Esta soy yo afrontando un nuevo proyecto. Nada de unicornios, arcoíris y un entorno idílico frente a la ventana con cara de ensoñación. Puro miedo y resolución. ¡Venga, tú puedes!




Sé lo que quiero escribir y no me importan las tendencias, las novedades que están funcionando, ni lo que viene haciendo ruido desde el otro lado del charco. Solo la historia que llevo en la cabeza. En serio, no me importa nada. ¿Ja, os lo habéis creído? Yo tampoco.




El siguiente paso es alimentar mi cuerpo y mi mente, varias veces al día. Café, mucho café, hasta que los dientes te castañetean y el tic nervioso en el ojo derecho provoca corrientes de aire.




Ahora sí, ya estoy lista para empezar. Lápiz nuevo, libreta nueva, y no cualquiera. Admito que en esto me puede el sibaritismo, yo solo uso MO-LES-KI-NE. ¡Doce pavos por un puñado de hojas y dos tapas! Bueno, se lo descuento a las regalías del próximo año. (Inocente que soy).




Primeros cinco minutos y ya surge el primer problema. ¡No consigo descifrar mis notas! Las miro y las remiro, y cada vez estoy más convencida de que en otra vida fui un escriba azteca y que lo mío son los glifos.

Al fin logro empezar y los días se suceden con muchos altibajos. Hay días en los que «¿3.000 palabras del tirón, en serio? ¡Sí, soy el amo del mundo!







Otros, me paso las horas borrando y borrando y borrando; en ocasiones ni el título se salva. 



Es un problema de actitud, lo sé.



Pero es que hay días en los que no hay forma humana ni divina de que surja una buena idea y todas me parecen iguales.





Hay rachas que pueden durar una eternidad y que ponen a prueba incluso la vocación y la voluntad más férrea.





Te das cuenta de que hay personajes que no funcionan.



Bloqueos que te minan la moral, sobre todo cuando lees en el estado de algún compañero que ha terminado su novela en un mes.


Y sé que ha escrito la novela en un mes, porque llevo toda la tarde en Facebook, perdiendo el tiempo del mejor modo que sé. Hasta que alguien en casa se me acerca y me pregunta: ¿Has avanzado mucho? Llevas toda la tarde.
Y yo me quedo con cara de... ¡Estooooo!
Llega el momento de centrarse y cambiar de actitud. Hay que ordenar la mente, el entorno y nada de distracciones.


Llegado este punto, lo primero es hacer la compra y conseguir un buen avituallamiento para dejar de comer yogures caducados y no acabar con una gastroenteritis. Gastroenteritis que  generaría un conflicto con la necesidad de cafeína y que agravaría el problema de la procrastinación.


Y por fin llega el momento en el que todo fluye, la historia crece y halla su vía hacia el final. Los personajes y yo caminamos al mismo ritmo...



Te sientes un dios, omnipresente y poderoso, y te dan ganas de cargarte al prota para demostrar que solo tú mandas.


Los días pasan y, aunque a veces, crees que llevas tanto tiempo trabajando en la novela que te sientes muy «así»...



Te das cuenta de que estás a punto de acabar el último libro de la serie y te sientes completa y en paz.


Y llega el ansiado final. ¡Éxtasis! ¡Lágrimas! ¡Bailar como una posesa una mezcla entre baile tirolés y reggaeton!, aunque en realidad parece que te ha dado un ataque epiléptico.



Pero empiezan las correcciones y mi cara lo dice todo. ¡¿De verdad yo he escrito esto?! ¡¿Qué bebí aquel día?!


Si creéis que sobrevivir a las correcciones es el verdadero final. Os equivocáis. Ahora viene lo peor, pasarle el manuscrito a mis lectoras beta. 


¿He dicho amigas? No, porque durante este proceso ese sentimiento desaparece y son como tiburones devorándote. Y a mí solo me queda aguantar la espera del mejor modo posible.


Llega el veredicto y te das cuenta de que no se salva ni la configuración del párrafo.


No importa, soy fuerte y no me rindo. Aprieto los dientes y arreglo, pulo y vuelvo a arreglar. ¡Ya está lista! Y ahora...


El género ya no está de moda, los lectores opinan que están hasta las narices de esta tendencia y ahora quieren leer cosas sobre... Bah... Da igual, si con la próxima me va a pasar lo mismo.


Llega otro punto crucial. Enviarle la novela a mi agente. (Lola es todo dulzura y positivismo, me mima mucho, pero es implacable con las tijeras si cree que hacen falta).


Y, mientras, me toca esperar, pegadita al correo, al borde de un ataque de nervios...


El infarto me sobreviene cuando, una de esas veces que miro mi bandeja de correo,  entran de golpe cincuenta emails y yo entro en estado de crisis. ¿Estará ahí, estará ahí la respuesta? ¿Dónde, dónde? Agggg... qué asco con estos, ¡que no quiero ningún préstamo! Al final nada de nada, pero hay un montón de lectores ¡Yujuuuuu!!!!!


 Una lectora quiere saber qué me empujó a escribir una trilogía con vampiros, licántropos, ángeles, nefilim... Puesssss... estooooo... fue por... ¡No sé, en su día me pareció una buena idea! :(





Otro mensaje. ¡Creo que voy a llorar! Me da las gracias por escribir mis libros y dice que soy su escritora favorita. Vale, seguro que se ha dado algún golpe y no piensa con claridad, pero... GRACIAS!!




Y pasan los días, las semanas, esperando una respuesta que puede no llegue. Pero llega, y estoy dando botes de alegría porque van a publicarla. Hasta que mi agente me dice el número de libros que debería vender para un bolso y un par de botas con los que sueño desde hace un año. ¡Bueno, seguro que se puede! No pensemos en la piratería, ni en la crisis...


De ilusión no se vive, os lo aseguro. Escribir es un acto de fe y te tiene que gustar mucho. Mis liquidaciones así lo reflejan.

¡Fuck, no me da para patatas deluxe! Póngame el menú ahorro, por favor. :)

Y esta es mi glamurosa vida como escritora. Vida que nunca dejaré, que me encanta, sin la que no me encontraría a mí misma.

¡Welcome to my life!






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