Portada revelada




Estoy muy emocionada de poder compartir con vosotros la portada oficial de la tercera y última novela de la Saga Almas Oscuras.
Esta etapa está a punto de cerrarse, en unos días enviaré la copia definitiva de la novela a la editorial y pronto se anunciará la fecha de publicación.
Tengo sentimientos contradictorios. Llevo meses deseando cerrar esta etapa y, por otro lado, me da una pena enorme hacerlo.
Esta trilogía es importante para mí, fue el comienzo de algo grande, fue mi COMIENZO en el mundo editorial, y le debo mucho.
La historia que creé en Pacto de Sangre ha ido creciendo, definiéndose y cambiando, hasta alcanzar una madurez que va de la mano con la mía propia como persona y escritora.
En este momento me encuentro escribiendo los agradecimientos. Hay muchas personas a las que les debo que Almas Oscuras sea una realidad: mi agente, mis editoras, mi correctora, mis lectoras beta… Pero si debo destacar a alguien en particular, ese alguien sois vosotros, los lectores que habéis seguido y apoyado desde el primer día una historia de vampiros y licántropos que en un principio no tenía muchas pretensiones y era una más; y que gracias a vosotros se ha convertido en algo importante.

¡Muchísimas gracias a todos!












Lo prometido: Avance de Juego de Ángeles







La buena noticia es que la novela está terminada; la mala, que las correcciones por mi parte y la de mi supercorrectora (sin pasar por su mano no saco nada a la calle), y las revisiones de mis lectoras Beta, van a llevar unos días. La novela es larga, laaarga, laaaaaaarga, y todo eso lleva su tiempo. Pero estamos hablando de escasas semanas, nada de nada. ¡Un poquito más de paciencia!
Aun así, prometí un pequeño avance y quiero cumplir la promesa, así que aquí os dejo unos  trocitos. 
Gracias por ser tan pacientes y maravillosos. Solo deseo, que toda esta espera merezca la pena y que la novela os guste muchísimo. 











Kate se sumergió en la bañera repleta de agua caliente. Poco a poco, dejó que su cuerpo resbalara sobre la porcelana y hundió la cabeza bajo la espuma de las sales de baño. William, apoyado en el lavabo, la observaba sin apenas parpadear. Era tan hermosa que mirarla le dolía como una herida abierta. El amor y el deseo que sentía por la chica eran tan puros e intensos, que sabía que jamás podría saciarse de ella, que era su soplo de vida. Por eso, desde que la maldición se había roto, el miedo por la seguridad de la joven vampira lo torturaba hasta la locura. Pasaba cada minuto del día alerta, a la espera de cualquier ataque: ya fuera por un vengativo arcángel o por un grupo de proscritos dispuesto a clavar su cabeza en una pica.
Hacía todo lo posible para que ella no notara el estado paranoico en el que se encontraba. La tensión comenzaba a hacer estragos en su concentración, y le estaba resultando muy difícil mantener su cuerpo y su mente a raya. Seguía cambiando. Era más fuerte, más rápido y sus habilidades mucho más poderosas; otras nuevas se estaban manifestando. Pero lo que de verdad le preocupaba, era el cambio que su interior estaba sufriendo. Las emociones, los sentimientos que, de repente, ya no entraban en conflicto con su conciencia, como si estuviera por encima de ella. Sus actos, la forma en la que estaba mintiendo a Kate, sin ningún remordimiento, eran la muestra de ello. Pero mantenerla al margen, hasta que llegara el momento, era lo mejor para los dos.
Ella no iba a entender, y mucho menos aprobar, los planes que se estaban poniendo en marcha para acabar con la amenaza, cada vez mayor, que suponían los renegados. No habría escaramuzas, ni trampas, habría un solo ataque. Un asalto directo y contundente. De la perfecta planificación de ese ataque dependía el éxito; y tener a Kate a su alrededor, intentando convencerlo de que había otros caminos, no era lo que necesitaba. Tampoco discutir con ella cuando sabía que nada de lo que pudiera decir le haría cambiar de opinión; y eso era lo que comenzaba a asustarlo, que, a pesar de amarla tanto que daría la vida por ella, era capaz de aprovecharse de su confianza sin alterarse ni sentirse culpable por ello.








La pregunta fue como el azote de un látigo. William se puso de pie de un bote. La fulminó con la mirada,  en sus ojos se distinguía remordimiento y algo más.
—¿Qué más puedo hacer? No hay otro modo, Kate. Una guerra no es viable, nos aplastarían; y cada minuto que pasa más cerca estamos de una. No se me ocurre otra cosa.
—Pues pensaremos en algo, pero con calma. Te ayudaré.
Él le dio la espalda. Estaba tan tenso como un cable de acero.
—No hay tiempo —gruñó.
—¿No hay tiempo o no quieres que lo haya? —estalló Kate—. Te has convencido a ti mismo de que no tienes más opciones, pero, si te paras a pensar, pueden que estén ahí, a simple vista.
William también estaba perdiendo la paciencia. El encuentro con los Arcanos lo había dejado exhausto, nervioso y confundido. Se giró hacia ella con los puños apretados. Un tenue chisporroteo vibraba en las yemas de sus dedos, lanzando chispas al aire. Se dio cuenta de su perdida de control, cuando ella dio un paso atrás con los ojos muy abiertos. Hizo desaparecer las llamas, pero no la rabia.
—¿Cuáles? —Alzó la voz—. Si estás tan segura de eso dime cuáles. ¿Crees que quiero hacerlo? Conozco los riesgos, soy consciente de que dentro de una semana puedo estar muerto. ¡Todos podemos estar muertos! ¡Pero tengo que intentarlo! Por esto no te lo dije, por esta actitud intransigente te mentí. Sabía que intentarías convencerme, manipularme, y que lo único que conseguiríamos sería distanciarnos cuando deberíamos pasar cada minuto del día juntos; ¡porque podría ser el último!
—¿Manipularte? —inquirió Kate sin dar crédito.
William se encogió de hombros, como si los hechos fueran tan evidentes que no necesitaban aclaración.

—Me dejé convencer por ti cuando te empeñaste en proteger a Adrien, y ahora mira dónde estamos. Si me hubiera desecho de él cuando debía... —Su rostro adoptó una expresión firme—. No volverá a pasar.








—¡Creído! —exclamó William. Tumbado boca abajo en la cama, trató de darse la vuelta, pero Kate se lo impidió sujetándolo por los hombros—. ¡Creído! —repitió.
—Lo eres. Eres un vanidoso —dijo ella trazando la longitud de su columna con un dedo—. Aunque admito que tienes motivos,  así que... ¡Es un defecto bastante atractivo! —puntualizó mientras le daba un azote en el trasero.
William se echó a reír. Un brillo malévolo apareció en sus ojos.
—Sabes que este juego ha sido idea tuya y que después me toca a mí, ¿verdad?
Kate arrugó la nariz y le dedicó un mohín. Sentada a horcajadas sobre sus piernas, se inclinó sobre él. 
—Vale, a ver si adivinas esta.
Comenzó a trazar las letras sobre la espalda del vampiro. Lo hizo de un modo lento y deliberado, disfrutando del torbellino de sensaciones que le provocaba sentir su piel, y del modo que él reaccionaba a su contacto. Afuera empezó a llover y el olor a tierra mojada inundó el ambiente. En apenas un par de segundos, la lluvia arreció hasta convertirse en un aguacero. Kate dibujó la última letra y una sonrisita frunció sus labios.
Él se quedó en silencio, inmóvil. Muy despacio, ladeó la cabeza buscando su mirada y varios mechones de pelo sedoso se le deslizaron sobre la frente. En sus ojos brillaba una advertencia y en su sonrisa había peligro. De repente, se desvaneció.
Kate cayó de bruces contra las sábanas y, antes de que pudiera darse cuenta de qué ocurría, unos brazos le rodearon las caderas y le dieron la vuelta arrastrándola hacia abajo.
—¿Arrogante? —preguntó él a solo unos centímetros de su cara—. Hasta ahora has dicho que soy controlador, insufrible, creído y arrogante.
Kate apretó los labios para no reír a carcajadas. Intentó apartarlo con las manos, pero él fue más rápido y le sujetó los brazos por encima de la cabeza.
—También iba a decir que eres muy sexy, pero no me has dado tiempo.
        —Ya... No creas ni por un momento que vas arreglarlo tan fácilmente. —A medida que se inclinaba sobre ella su voz se tornó más grave. Kate enlazó las piernas a su cintura y entornó los ojos—. Vas a necesitar mucho más que eso... —Ella se humedeció los labios con la lengua. El vampiro tragó saliva—. Mucho más...