Estaba pensando...



 Estos días me siento un poco rara. Tengo una sensación extraña, creo que se llama «no hacer nada». Lo entrecomillo porque no es en sentido literal. En realidad no paro quieta ni un segundo, estoy leyendo mucho, dedico un montón de tiempo a mi familia y he recuperado mi afición a las chapuzas: arreglar puertas que chirrían, cambiar bombillas que llevan meses fundidas, mover muebles, colgar cuadros cansados de arrastrarse por el suelo… También estoy escribiendo.

Lo que quiero decir es que ya no tengo esa ansiedad que se había convertido en algo habitual en mi día a día durante estos últimos dos años. Dos años en los que he escrito cuatro novelas, tres de ellas en apenas un año y medio: El encanto del cuervo, Juego de ángeles, CLL y UCPN. Sentía una angustia terrible por no haber acabado la trilogía, así que, mientras trabajaba en los otros manuscritos, siempre tenía esa sensación de no estar haciendo lo que debía con tanta gente esperando el libro.

Ahora me está costando habituarme a que no hay prisa, a que no hay nadie esperando que termine esto o lo otro; y se hace raro.
Y como decía, estoy leyendo mucho. 
Estos días he terminado dos libros que me han hecho pensar en varias cosas, entre ellas, cómo vivo yo la lectura y cómo la percibo en otras personas, y he llegado a la conclusión de que, o soy poco exigente y todo me vale, o soy rara por naturaleza; en esta faceta, porque en otras ya tengo asumido que lo soy.

Pues eso, que he acabado dos libros con un parecido peculiar y voy a tratar de explicar mis conclusiones, porque escribir novelas y construir tramas más o menos complicadas me resulta fácil, pero luego soy incapaz de aclararme y exponer, con algo de sentido, mis propios pensamientos.

Dos autores muy diferentes entre sí, y dos novelas también muy distintas entre sí, pero con elementos en común. En ambas hay una mujer que huye de un marido violento, refugiándose en un pueblecito perdido donde cree que no podrá encontrarla. Allí logra relajarse y tener una nueva vida, en la que aprenderá que en el amor no hay golpes, ni insultos, y que puede ser hermoso y placentero hasta ver unicornios y chiribitas de colores.

Hoy, perdiendo el tiempo frente a la tele, he encontrado una película que vi hace muchos años. En la cinta hay dos hermanas, y una de ellas regresa a casa después de varios años, huyendo de su novio maltratador. ¡Vaya coincidencia!, en una de las novelas las protagonistas también son hermanas. Seguro que, si me paro a pensar un poco, acabaré dando con algún otro libro, serie o película en los que encuentre estas similitudes u otras diferentes. 


En este punto de la explicación, ya estoy oyendo vocecitas que hablan de tópicos, estereotipos, poca originalidad… Hachazos, sablazos, puyas, críticas a diestro y siniestro contra creador y creación. Lo siento, yo soy incapaz de pensar así de ninguna novela; de momento.

Mi percepción es distinta. No digo que un escritor no se inspiré en los trabajos de otros para escribir, yo soy un ejemplo con mi primera novela. Tampoco digo que no coja elementos de esos trabajos y los adapte a los suyos. Lo que sí digo, es que NO siempre lo hace, y que su inspiración viene de otro sitio mucho más cercano. Señoras y señores, me refiero al mundo que nos rodea y a nuestra propia imaginación condicionada por un millón de estímulos auditivos y visuales. Información que nuestra mente almacena  desde que nacemos y que se repite de mil modos diferentes.

Tres historias y una fórmula que se repite en todas. Mire como lo mire, yo no veo un tópico, ni un estereotipo, ni falta de originalidad. Tampoco encuentro una conexión entre las obras que indique un «se han copiado descaradamente». Lo que sí veo es un drama real conocido por todos que, por desgracia, algunos habrán vivido directa o indirectamente, y que con la cantidad de escritores que hay en el mundo y el número de novelas que se publican, es normal que dichas fórmulas se repitan en algunos casos.

Es cierto que con las modas y demás, acusemos mucho más el que algunos elementos se clonen a menudo: los chicos malos, las chicas un poco bobas, la heroína autosuficiente que se acaba quedando con el chico equivocado porque un final feliz es injustificable.

Millones de escritores, millones de libros, millones de vidas tan parecidas y que acaban sirviendo de inspiración.

¿Se puede ser original? Sí, es posible, aunque un poco difícil a estas alturas. Y en esas obras que logren serlo, seguro que, si miramos con lupa, encontraremos algo que ya hemos leído o visto en algún otro lugar. Otro personaje, otra época, otro argumento, pero la base puede reproducirse en algún momento.

¿Un chico malo es un cliché, un estereotipo, un tópico? Puede que sí. O quizá lo sea, sin peros, es y ya está. Pero mis ojos no logran verlo de ese modo. He leído muchas novelas con chicos malos, en ellas se reiteran ciertas fórmulas, y no lo considero algo negativo. Es más, ni siquiera me fijo en ello, porque, cuando leo, me meto en la historia de tal modo que no me paro a escudriñar. Travis es Travis, y no Beau, ni Lucas. Katniss no es Tris, ni Teresa. Todas las sombras se parecen en la penumbra, bajo el sol es imposible confundirse.

La primera vez que vi Grease, no lo hice pensando que se parecía a West Side Story, ni mucho menos a Footloose. Chicos malos, buenas chicas, canciones y coreografías. Sí, tienen una base en común, pero ¿de verdad se parecen?
Probablemente esté equivocada, pero es mi punto de vista en este momento. Quizá, influya que este tema me afecta directamente por mi trabajo, y no solo como lectora. Con una de mis novelas me está pasando. Algunas personas consideran que en El encanto del cuervo, la relación de Abby y Nathan surge de forma repentina (la precipitación es otro tópico), y yo sigo sin verla así.




…ATENCIÓN, SPOILER, DE LOS GRANDES, ENORME… 
Si no has leído El encanto del cuervo, no sigas.


Los detalles marcan las diferencias y, quizá muchas veces, al ir ya predispuestos por el cliché, no apreciamos esos detalles. O puede que solo yo sea consciente de ellos, porque son míos. En el caso concreto de Abby y Nathan, no creo que esa relación sea repentina. «Un vistazo y me enamoro hasta las trancas». En un principio la historia lo plantea así, pero cuando se avanza y descubres quiénes son en realidad, de que forma están unidos, te das cuenta de que esos sentimientos llevan ahí siglos. Aunque sus mentes no lo recuerden, sus corazones y sus instintos sí lo hacen.
Nathan así lo comenta en una escena:



«He hecho todo lo que he podido para alejarme de ella, todo, pero desde que la vi por primera vez se metió en mi cabeza. Fue extraño porque tuve la sensación de que había encontrado algo muy valioso que había perdido  y que ni yo mismo conseguía recordar.»   –Nathan Hale



Tampoco creo que exista un triángulo amoroso (otro tópico). Entre Abby y Damien nunca pasa nada, es más, ella no vacila ni duda en ningún momento, nunca se plantea algo más que una amistad con él. No hay sentimientos que indiquen un juego a dos bandas; pero… puede que solo sea mi percepción, mi minuciosidad con los detalles que marcan diferencias y convierten en especial lo que no lo parece a simple vista.






Un saludo.