Cosas de un sábado especial.





Son las siete y media de la mañana. Acabo de sentarme frente al ordenador, con medio litro de café hirviendo como si lo hubiera calentado en el monte del Destino. Abro Spotify, selecciono la playlist de estos días y abro el documento de Word donde, poco a poco, va creciendo mi nueva novela. Sí, esa que me está quitando el sueño. Esa que me tiene en las nubes, cavilando todo el tiempo sobre un mundo y unos personajes que no son reales, que solo están en mi cabeza, pero a los que cada mañana doy los «Buenos días» como parte de la familia que son.

Mis chicos.

En mi caso, lo de familia numerosa empezó a quedarse corto hace mucho. Tengo que hacer una lista con todos mis personajes, creo que fliparía.
A lo que iba. Café, música, página en blanco y… Andrea aparece a mi lado, frotándose los ojos y con un papel y un lápiz en la mano para que la ayude a planificar este sábado. Porque… ¿quién cumple años hoy? Sí, la peque de la casa. Así que la ayudo a organizar todas las cosas que quiere hacer hoy: comer en su restaurante favorito, sonsacarme qué le vamos a regalar, ir al cine, sonsacarme qué le vamos a regalar, súper merienda…

¡Quiero mi regalo!

Mientras ella garabatea el orden del día, yo le preparo el desayuno. Después recojo un poco la casa al  tiempo que ella se come sus crepes. Echo un vistazo al correo, que llevo días sin mirarlo, notificaciones de las redes sociales, asuntos pendientes…

¡Vuelvo a tener taquicardia!

Suena el teléfono, es mi madre. Vuelve a sonar, esta vez se trata de mi hermano. Y vuelve a sonar… Cuando me siento de nuevo frente a la PÁGINA EN BLANCO ya son las nueve y media.


¡Dios, se me ha olvidado por completo qué iba a escribir!

Miro mis notas, buscando esa idea maravillosa entre un millón. Y no la encuentro porque no la he apuntado. ¿Cómo iba a apuntarla si tenía un teléfono colgando de la oreja, cuatro peluches bajo el brazo y una niña con la cara llena de chocolate buscando cualquier cosa para limpiarse menos una servilleta?


—¡Mamá! —¿He dicho ya que tengo otra hija?
—María, ¿has visto…? —¿Y un marido?
—Nena, escápate para tomar un café, que tengo que contarte una cosa —¿Y también amigas?

En serio, miro atrás en el tiempo y aún no sé cómo he llegado hasta aquí. Y con «aquí» me refiero a haber escrito siete novelas en algo más de cinco años. Ahora muchos estaréis pensando que no es para tanto, o que eso lo hace mucha gente… Sí, probablemente sea lo más normal y fácil del mundo garabatear novelas como churros, bien escritas, trabajadas, con una historia que intenta ser diferente, sorprendente, alucinante, impredecible…, por la que los editores sean capaces de regalar su alma y que, además, se vendan como bolas de Pokemon en la puerta de un colegio.

¿Cómo lo hacéis? Contadme el secretooooo.

Para mí no es fácil. De hecho, este ritmo de trabajo y aprendizaje constante me supone todo un reto. Me encanta escribir, darle vueltas a las tramas, buscar ese giro sorprendente y sumirme durante horas en un mundo que solo está en mi imaginación; y, aun así, siempre tengo la sensación de encontrarme en mi infierno particular.
Me resulta imposible encontrar ese punto medio de dedicación a mi familia y a mi vida personal, y de dedicación a mi trabajo y a todo lo que este conlleva. Sufro si no le dedico tiempo a mi familia. Sufro si no cumplo con un mínimo diario de escritura. Sufro cuando debo correos, entrevistas y mil cosas más a las que me he comprometido y que luego no hallo el modo de sacar adelante. Sufro cuando las pelusillas comienzan a ser de un tamaño considerable y empieza a darme miedo que inicien una ofensiva para conquistar la casa.  Sufro cuando me doy cuenta de que un gorila tiene menos pelo en su cuerpo que yo y que su manicura es mucho mejor que la mía.


No sé cómo lo hacen esas personas que consiguen hacerlo todo bien, que sacan tiempo para todo. Casa inmaculada, niños perfectos, vida social activa, duermen como un bebé… No importa a qué hora llamen las visitas a sus puertas, nunca las sorprenderán en pijama y con el rímel del día anterior pegado a las ojeras; que tú aún no te has quitado porque ya te habías quedado dormida antes de pensar siquiera en arrastrarte hasta el baño. 

¿Quién será a estas horas?
Y pese a todo, no cambiaría NADA, ni un solo segundo de mis agonías.


Cuando miro atrás y veo el camino que he recorrido, solo me sale una palabra que describe a la perfección lo que siento:
¡SÍ!

Pero es un sí de los grandes, de los que se gritan con los puños en alto, como Charlie Kenton cuando Atom consigue llegar al último asalto y tumbar a Zeus de un derechazo en Acero Puro. Porque es cuando me doy cuenta de que, pese a ser un desastre que se organiza de pena, tan nerviosa e impaciente que acabo corriendo como si escapara de los pasillos de Mordor, tan buena persona (según mis amigas, esas que me querrían incluso si fuera una asesina en serie) que parezco tonta y que me ocasiona más problemas que buenos momentos, he llegado hasta aquí.

And the winner is... 

Sí, hasta aquí: las diez y veinte de la mañana, en pijama, con el pelo oliendo a crepes y abrazada a mi café mientras escribo esto.

Debería peinarme.

Mis hijas siguen vivas, son felices y no cambiarían a su mami despistada y un poco loca por nada del mundo. Tampoco les importa comer macarrones cada tres días y que la Casa de comidas nos abastezca cuando los plazos de entrega se me echan encima; ni que las pelusillas desfilen por la casa dispuestas a tomar hasta el último rincón.


Mi marido se sigue riendo con mis cosas, y con carita de resignación devuelve el lavavajillas, que ha encontrado por arte de magia en la nevera, a su lugar.
Mis amigas siguen ahí, incluso cuando desaparezco durante semanas como si me hubiera abducido Chris Pratt para hacer un viaje intergaláctico, los dos solitos. Me perdonan por ser la peor amiga del mundo, que se olvida de sus cumpleaños pero se sabe el de todos los personajes secundarios de todas sus novelas.

¡Si es que luego nos dedica la novela!

Y he escrito siete novelas, unas mejores que otras, pero ahí están. SIETE. Para mí es como un número mágico; vale, luego lo será el ocho, y después el nueve. Porque pienso seguir escribiendo. Me gusta ese acto onanista que supone encerrarte en tu propio mundo con la única compañía de las palabras que surgen en tu cabeza al escribir.  Actividad sanísima y relajante para mí, y lo digo sin ironía (Mentira).
Me encanta zambullirme en las historias y en las sensaciones de los personajes. Adoro enamorarme como una tonta de cada uno de mis protagonistas, y darme cuenta de que uno de ellos ha dejado tal impronta en mí que me acompañará mientras viva.

¡Dios, Jayden, me has destrozado el corazón!

Me he propuesto torturaros con dos historias al año, que no sé yo si podré cumplir con el reto, pero por intentarlo… Este año lo he conseguido con Cruzando los límites y Una canción para Novalie. El próximo parece que también, con Rompiendo las Reglas (que sí, que la termino) y otra HISTORIA que estoy deseando que conozcáis. Cuando se publique… No puedo imaginarlo sin ponerme a dar saltos y vueltas. ¡Feliz como un perrito persiguiendo su cola!

¡Es la mejor que he escrito!

Y esto quiere decir, que tengo todo el 2016 para escribir los dos proyectos con los que torturaros para el siguiente. Sí, ya los tengo decididos, pensados e incluso trazados. Mi editora encantada; aunque no sé yo si lo seguirá estando cuando la acose con todas las dudas y las ideas que me vayan surgiendo. Pero es mejor volverse loca en compañía,  ¿a que sí?

¡Brainstorming del bueno!

Creo que empiezo a ponerme mala…




5 comentarios

  1. No puedo decir nada más que me encantas. Me ha encantado la entrada, me encanta tu forma de pensar y me llena de ternura la segunda mitad de tu entrada.
    Sigue así porque es lo que te hará llegar lejos.
    Por cierto, me encanta el ritmo de dos novelas al año.
    Un besico guapa.

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  2. Muy buena entrada Maria... Y yo encantada dejo que me tortures con dos novelas al aňo jaja

    Besos

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  3. Y yo encantada de que sigas ese ritmo aunque a mí particularmente se me hace largo, jajsjs. Un besoooo

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  4. Jajaja, lo que me ha gustado tu entrada. Lo de las pelusillas y el gorila, jajajajaja. Bueno, ni que decir tiene que espero esa tortura con una sonrisa de oreja a oreja ;)
    Besos guapa y... cuidado cuando sales corriendo por el pasillo como si fuera de Mordor porque te puedes encontrar la ofensiva de las pelusillas de frente dispuestos al ataque, jajajajaja. ;)

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  5. Ay María, jajajaja, eres genial, auténtica como la vida misma ^.^
    Gracias por esas torturas tan maravillosas =D y las pelusillas que se vayan a tomar un cafetín con el gorila y te dejen tranquila XD

    Besinos ;-***

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