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Escribir es una terapia

miércoles, 29 de junio de 2016


¡Desconexión! Creo que es el primer año en mi vida que de verdad necesito un apagón completo, y no me refiero a descansar del trabajo (que sí, también), ni a esconder todos los dispositivos electrónicos, dar de baja internet y perderme en medio de cualquier parte aún por descubrir. Me refiero a mí, a hibernar, a la criogenización hasta septiembre, a un rayo paralizador, a un desmayo de 60 días o un simple botón de pausa que apague mi cerebro. Pero como nada de esto es posible (con ciertas garantías de supervivencia, claro está), pues voy a poner en marcha otras tácticas de evasión. ¿Cuáles? He abierto un buzón de sugerencias y se admiten todas.
Este cansancio acumulado no es por el trabajo. Me encanta escribir, es lo que más me gusta junto con los hermanos Winchester y Chris Pratt, y el café, y las novelas con romance, y esas horas al teléfono con las amigas. 

¡Torso king size ideal para apoyar la cabecita!
Por cierto, ¿sabíais que existen teléfonos que al superar las dos horas de conversación se desconectan? Pues existen, y menos mal, de no existir imaginaos el drama al colgar el teléfono y encontrarme a mi hija a punto de graduarse en la universidad y a mi marido teniendo citas a través de Meetic. ¡OMG! ¡Y mis pelos!



 ¡Dos meses sin depilarme!
Mi necesidad de desconectar se debe a que se me ha frito el cerebro por un millón de cosas. No sé decir NO y pasa lo que pasa.
No sé cuántas cosas os pedirán a vosotros al cabo de una semana, a mí me piden muchas. Correos, mensajes, entrevistas, cuestionarios para trabajos, dedicatorias para los momentos especiales de algunos lectores, libros y marcas para concursos, colaboraciones con artículos… Os voy a confesar que en este momento no recuerdo a quién le prometí qué, ni qué he contestado ni qué  no, ni si he enviado lo que dije que enviaría o no… ¡Nada! He llegado a un punto de caos absoluto que me es imposible ordenar física y mentalmente. Así que desde aquí os pido disculpas por todo aquello que ya debería haber hecho, enviado o contestado, y que no he hecho. Podéis recordármelo y lo intentaré.



En apenas un año todo se ha multiplicado por cien, hasta los problemas. Yo que por no discutir instauré la anarquía en casa y asumí sin ningún problema que los bocadillos de Nocilla son nutritivos y una cena sana. ¿Y sabéis otra cosa? Es imposible decir SÍ a todo el mundo, es imposible trabajar con todos y es imposible agradar y llevarse bien con cada persona que nos rodea. De igual modo que es muy difícil ser justa con todas esas personas y quimérico no equivocarse alguna vez. Y cuando te equivocas constantemente como yo… ¡Ay!



No sé si reír o llorar.

Al final acabas pensando como jamás creíste posible en ti y diciendo cosas como «Yo a lo mío y paso de todo». Porque es inevitable sucumbir a la presión social y psicológica, y no es justo que un logro personal se convierta en algo malo, indigno e inmerecido porque otros se empeñen en contaminarlo. Debemos sentirnos orgullosos de nuestros logros si los hemos conseguido con empeño, esfuerzo y sacrificio, y no debemos permitir que nadie nos haga débiles y arruine nuestro momento. ¿Cómo? No dejando que lo malo nos afecte y nos desmantele esos buenos momentos. Nada de quedarse en pausa. Hay que avanzar, pelear con voluntad y ganas por lo que ya hemos conseguido y por aquello a lo que queremos llegar. Frustrarse por la incapacidad de otros de estar satisfechos no merece la pena, en ningún ámbito de nuestra vida.



Puede que muchos no estéis de acuerdo con estas ideas, o que no entendáis lo que trato de explicar, pero las personas creativas, como los escritores, son, en cierto modo, algo vulnerables; o mucho. Cuando escribimos lo hacemos en soledad, y cuando estás solo, inmerso en tus pensamientos, es cuando de verdad aflora tu verdadero yo, te muestras como eres y te expones sintiéndote desnudo. Te invaden los miedos, las dudas, y pasas el tiempo intentando acallar todas las vocecitas de tu cabeza que te dicen que no eres lo suficientemente bueno para dedicarte a esto. Ya tenemos bastante con nosotros mismos y nuestras inseguridades, como para permitir que desde fuera nos hagan más vulnerables.


Nop

Las personas que te quieren bien te animan, te escuchan y te aportan. No te frenan, ni te obligan, ni tratan de hacerte cambiar. Nos tiene que importar un cuerno lo que piensen los demás, incluso lo que digan, porque quien bien te quiere no te hará llorar ni sufrir. Nadie puede decirte cómo debes ser, pensar, ni lo que debes hacer. Las equivocaciones y los reveses no son fracasos, son evolución y aprendizaje. No debemos dejar que nos limiten las decepciones. Debemos cambiar lágrimas por sonrisas y obstáculos por oportunidades. Es fácil quejarse por todo y no hacer nada, y acabar en un bucle odioso de atención a lo negativo y de sentimientos desagradables que lo único que logran es agravar conductas que nos perjudican. Esas conductas nos vuelven pasivos y retroalimentan la negatividad, la autocompasión y el autoengaño.



Todo esto lo he aprendido en muy poco tiempo y a un ritmo demasiado rápido. Suele pasar cuando vives en tu burbuja segura y de un día para otro se rompe y caes de morros en un mundo muy grande más allá de tu familia, amigos y tu zona de seguridad. He descubierto que el secreto de la felicidad no es inalcanzable, con tener una actitud realista ya tendremos parte de esa felicidad asegurada. La otra se podría lograr siendo optimistas, positivos, y teniendo claro que nuestro tiempo es limitado como para malgastarlo viviendo la vida de los demás. Debemos vivir nuestra propia vida.



Y por todo este rollazo que acabo de soltaros, es por lo que necesito una desconexión urgente antes de que mi cerebro acabe refrito. El lunes comienzan mis vacaciones y me las voy a tomar como un proceso de desintoxicación a lo bestia. Un tiempo para volver al autoconocimiento, para volver a establecer prioridades y prepararme para seguir siendo perfectamente imperfecta y un desastre que se organiza de pena. Para esos días que vendrán en los que parece que nada va bien y para empaparme de aptitudes de la inteligencia emocional como quererme mucho. Porque querernos a nosotros mismos con locura debería ser una obligación.
También para escribir, porque lejos de lo que muchos piensen, para mí escribir es necesario, es mi medicina, mi terapia. Cuando imagino y escribo historias me siento bien, feliz, completa. Disfruto como una niña preparando los tableros de Pinterest que me ayudarán a inspirarme, y esas listas de música que me encogerán el corazón.
Hablando de escribir. Ayer encendí el ordenador, abrí el Word y comencé Cruzando los límites #3 y el primer libro de una bilogía muy especial. Seis páginas de la primera y dos de la segunda. No imagináis lo bien que me sentía conmigo misma cuando me fui a dormir. Necesitaba recuperar la inspiración, las ganas de escribir y la concentración para centrarme solo en eso, en las historias que quiero contar. Echaba de menos hablar en voz alta con los personajes, simular los diálogos y pasearme por casa como si me faltase un tornillo, apuntando en papel de cocina las ideas que se me ocurren para no olvidarlas. Y ese  «Mami, que hace media hora que te pedí un bocadillo». ¡Pobrecitas mías!!!



1 comentario:

  1. Hola María, me encanta tu entrada, creo entender lo que necesitas, punto uno, eres fantástica!!! punto dos, lo que digan los demás si es negativo que te sude el papo, hablando mal y pronto, y punto tres, oye todos necesitamos una desconexión, así que adelante, disfruta de ti, de tus hijas y de tu familia y lo demás ya irá llegando , mil besos preciosa!!!

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