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Yo también tengo mis reglas para escribir

11/13/2016



Últimamente, las publicaciones con consejos sobre cómo escribir una novela proliferan como setas en otoño. Hay infinidad: blogs, webs, revistas online, cursos de escritura, manuales, libros… Admito que al principio los seguía casi de forma compulsiva, incluso tomaba notas, recopilaba todos los «mandamientos» para que una novela pudiera convertirse en algo perfecto y sin errores de ningún tipo. Con el tiempo me di cuenta de que estas publicaciones estaban logrando volverme loca. Escribía con todas esas reglas en la cabeza, tratando de no olvidarlas y aplicándolas a mi texto al pie de la letra. Los personajes eran los que más sufrían. Que si cuidado con esto para que no parezca una Mary Sue; con esto otro estoy cayendo en un tópico; con lo otro la estoy estereotipando… En ocasiones, todos estos artículos se contradecían entre sí y surgía la duda ¿A quién hago caso? Finalmente opté por no volver a leer ninguno más, salvo un par de blogs que me parecen de gran ayuda y que tocan un montón de temas interesantes, entre los que se encuentra el de Gabriella Literaria. Echadle un vistazo y veréis como tengo razón.
Me gustan las reglas de escritura, los consejos, aunque no soy muy amiga de darlos. No me siento capacitada para dar lecciones a nadie cuando yo soy la primera que sigue aprendiendo día a día y nunca sabrá lo suficiente. Pero sí que he acabado construyendo mi propio manual. Unos puntos que me ayudan a mejorar, a escribir, a inspirarme. Puntos que en ocasiones acabo rompiendo y tampoco se para el mundo por ello.
Os voy a contar algunos.


1. Leer mucho. Leo todo lo que puedo y más. Robo minutos al día aunque solo me den para un par de párrafos. Y lo hago de un modo analítico. Me fijo en todo, trato de visualizar las novelas como si fuesen películas. No es premeditado, lo he ido adquiriendo con el tiempo y me viene bien para ver cosas que me gustan, o no, y que no soy capaz de percibir en mis propias historias cuando las escribo.





2. He tenido que perder el miedo a cortar; y lo digo yo, que mis novelas no se caracterizan por ser breves. Menos es más, siempre. En ocasiones, una enorme cantidad de información sobre los personajes y la trama puede transmitirse con unos pequeños detalles. No hay que contarlo todo y explicarlo todo. No os ha pasado empezar a leer una novela, con los primeros capítulos repletos de narración introductoria que no tenía nada de relevante y, de repente, llegar a uno en el que pensáis «¡Aquí debería de haber empezado la historia!». Pues a eso me refiero, a que debemos ser objetivos y saber qué es necesario contar y qué no. El lector es listo, capaz, no necesita que se lo cuentes todo. Lo que quiere es acción, información importante, meterse en la historia, engancharse. No quiere que le describas  paso a paso como se viste el personaje una mañana, prepara el desayuno y lo come.
Los escritores desarrollamos una unión emocional a ciertas escenas y personajes que en realidad son un lastre que no nos dejan avanzar. Es un hecho, nos enamoramos de partes que no sirven para nada. A mí me ha pasado, atascarme en puntos que no parecían tener solución, salida. Les daba vueltas, buscaba alternativas y probaba mil fórmulas para mantener esa escena o diálogo, cuando lo que sobraba era eso exactamente. Por mucha pena que dé hay que cortar para avanzar. Debemos plantearnos hasta que punto es vital para la historia, o si solo lo es para nosotros por ese apego emocional.




3. Me documento, y mucho. Escribir ficción no significa libre albedrío y cuento lo que me da la gana, porque como no es verdad, puedo inventarme lo que sea. Pues no, sobre todo si escribes ficción «realista» en cualquier vertiente: contemporánea, histórica… Existen las licencias, claro está, y es muy lícito que el escritor se tome todas las que crea necesarias. Yo lo hago cuando invento pueblos y ciudades  para mis historias. Pero si ese pueblo que he inventado lo he colocado en el sur de Francia y en una época muy concreta, creedme cuando os digo que trato de averiguar hasta el clima en esa época, las noticias importantes de esos días, fiestas locales, gastronomía, costumbres, horario y líneas de transporte… Si el personaje es mecánico, leo y me informo sobre el tema. Si es abogado, más de lo mismo.





4. Trato la escritura como un trabajo. Para mí es un trabajo, esa labor que me ocupa un mínimo de horas y que llevo a cabo con la esperanza de pagar algunas facturas. Trato de ser disciplinada y de realizar mi tarea todos los días. Me impongo un mínimo de palabras que intento cumplir. A veces son basura desde la primera a la última. Otras, con suerte, consigo un par de párrafos buenos, y, con mucha más suerte, un par de páginas que logran que piensen que quizá sí tengo algo de talento.





5. Presto la misma atención a todos los componentes de mis novelas. Por ejemplo, respeto y cuido a todos mis personajes por igual, por muy pequeño que sea su papel. Todo el mundo es protagonista de su propia historia en particular y ese pensamiento me ayuda a construirlos con todo el cariño y la atención que merecen. Para mí ellos son mi fuerte, por encima de las tramas, y ese mimo es el que logra que tengan profundidad, que se conviertan en algo muy real y creíble, y que permanezcan en la mente del lector. Lo mismo con la ambientación, los detalles... Todo es importante en una novela, lo que no, es prescindible.





6. No me gusta sobrecargar el texto. Leo reseñas de mis libros en los que señalan el lenguaje sencillo que uso. Es algo deliberado porque creo que un vocabulario cercano y limitado puede lograr un  gran impacto emocional en el lector, sobre todo en el tipo de novelas que yo escribo. Una prosa llena de florituras distrae en según que historias. Frases redundantes, descripciones infinitas llenas de adjetivos y adverbios innecesarios. Sí, podría escribir con una narrativa y un estilo más complejo, más recargado e intelectual, pero yo prefiero el lenguaje del día a día. Al menos en las historias que ahora escribo.





7. Muchas veces me preguntan cómo logro crear esas tramas llenas de subtramas y conducirlas todas hasta el final, manteniendo el ritmo, con los giros adecuados y las conexiones precisas para mantener el interés, que no decaigan y que logren sorprender. No lo sé, esa es la verdad. Creo que hay cosas que no se aprenden, simplemente las haces y ya está. Algo así me ocurre con mis tramas. Veo el comienzo y, como si de un holograma fuese, este comienzo empieza a bifurcarse y a tomar forma en mi mente como una red. Las ideas surgen, se mezclan y se unen en el momento preciso con la pista exacta que ahí quiero dejar. Y esa pista se unirá más adelante a otra que ya tengo más o menos clara, y juntas darán forma a ese giro. Así de simple y complicado al mismo tiempo. No tengo manual para todo. Una gran parte de mí, de mi trabajo, no puedo explicarla. No sabría decir cómo surge o la planifico o construyo. Surge sin más, está ahí como el instinto y la improvisación.





8. Soy tenaz hasta en los peores momentos. No me rindo, nunca. Hay días en los que todo me parece una mierda, así de claro. Me vengo abajo, creo que no sirvo para esto, que el talento brilla por su ausencia y que soy un fraude que por algún insólito misterio ha conseguido escribir unas cuantas novelas pasables que han tenido suerte. Y cuando me siento así me cuesta mucho remontar, pero lo acabo haciendo y encuentro de nuevo la luz y la confianza. Soy impulsiva y muy visceral, también insegura y tengo que lidiar a menudo con todas esas sensaciones. Escribir novelas es un trabajo complicado y solitario, el éxito se mide por el número de lectores, las ventas y otros tantos detalles que, en ocasiones, no tienen mucho que ver con la calidad de un libro. En otras sí, claro está. Como podéis ver es casi un juego aleatorio de azar, inseguro, sin garantías y poco satisfactorio si te descuidas y pierdes la ilusión. Por eso me aferro a eso, a que soy tenaz y cabezota como nadie.




9. Me inspiro casi con cualquier cosa. Oigo música, veo películas, series, leo… Soy una esponjita que absorbe toda la información que recibe. Lo apunto todo: palabras, frases, detalles de una escena bonita…




10. Mi meta es escribir la mejor novela posible. Lo doy todo para poder sentirme orgullosa del trabajo final. El fin que persigo es esa sensación de haber hecho todo lo que podía y más. Publicarla o no, con editorial o autopublicada, esos son detalles en los que pienso después y que no dejo que interfieran en mis prioridades. Y desde luego, no se me pasaría por la cabeza escribir pensando en si ésta será la que me convierta en la reina de los superventas. Todo eso se lo dejo a la suerte, al azar, al destino o a quién corresponda. Yo prefiero preocuparme de lo que sí puedo controlar, un buen trabajo.





11. Y creo que ésta es la más importante de todas y la que más me ha ayudado cuando las anteriores entran en conflicto por algún motivo: desconectar sin remordimientos. A veces no se puede, estás saturado, todo lo ves negro, lo que estás escribiendo no te convence, las críticas te están afectando más de lo que esperabas, no sabes qué camino seguir… o simplemente lo necesitas. Desconecta. Cierra el ordenador y ve a dar un paseo. Pásate un día entero viendo series o películas, leyendo. Sal con amigos. Llama a esa persona que siempre consigue animarte. Disfruta del tiempo en familia o, simplemente, no hagas nada de nada.







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Organizando el 2017

9/29/2016


Pese a ser una persona que se distrae fácilmente, con una tendencia preocupante a dispersarse y  que se rige más por el corazón que por la cabeza, me he dado cuenta de que el libre albedrío no es para mí. Necesito límites que me ayuden a concentrarme; porque otra cosa no, pero soy perfeccionista y puntillosa hasta poner de los nervios a quien trabaja conmigo, y ese esmero solo soy capaz de lograrlo si me centro de verdad.

Tú tranquilo, que esto va a quedar de lujo.

Encontré hace un tiempo una viñeta que publicó Neil Gaiman con la que me sentí muy identificada. Se veía a un escritor entregándole un manuscrito a su editor, pero, resistiéndose a soltarlo, acababan enzarzados en una guerra de tirones:

—¡Suéltalo!
—¡No, que aún puedo mejorarlo!
—Entrégamelo.
—No, déjame que lo revise otra vez.

Yo soy así. Me cuesta soltar una novela, y solo la dejo volar cuando no queda más remedio y estoy realmente segura de que lo he dado todo (y porque tiene que entrar a imprenta y ya imagináis el plan a esas alturas).
Del mismo modo, solo me centro y escribo de verdad cuando tengo un ojo puesto en el calendario y sé que debo cumplir con una fecha. Si no, los días pasan y, entre redes sociales y otras distracciones, no hago nada de nada salvo cazar moscas con bolitas de papel frente a la página en blanco.

¡Quien dice moscas, dice selfies tontos!

Creo que me he acostumbrado a trabajar bajo presión, y que esa «obligación» es buena para mí. Necesito saber qué voy a escribir y para cuándo. Entonces paso de trotar por los campos cual Heidi a marchar con una actitud casi marcial. Organizar esa faceta logra que el resto de mis rutinas también funcionen mucho mejor, ya que escribir se ha convertido en mi trabajo, en mi empleo, y me siento bien cuando dejo el ordenador para hacer otras cosas, sabiendo que estoy cumpliendo de verdad con esa responsabilidad y ofreciendo resultados.

¡Oh, yeah!

¿Y por qué os cuento todo esto? Porque mi última novela la escribí con exceso de presión y acabé tan cansada (aunque satisfecha), que me dije a mí misma y a los demás que los próximos proyectos los llevaría con más calma, sin prisas; y cuando estuvieran listos ya se hablaría de fechas. Pues donde dije digo, digo Diego.
A diario me preguntan por la fecha de publicación de Cruzando los límites 3, y no saber la respuesta me estaba poniendo nerviosa. ¡Muy nerviosa! Entiendo que para aquellos que siguen la serie y esperan el siguiente libro, ese detalle es importante. Como lectora me ocurre lo mismo respecto a las publicaciones de los autores que me gustan y que espero como agua de mayo.

¿A quién hay que liquidar para conseguir la siguiente novela?

Por todo esto, finalmente, hemos puesto una fecha para que el tercer libro vea la luz: otoño de 2017. Casi un año y medio después de que se haya publicado la segunda parte.
Ayer, cuando lo anuncié, me encontré con un montón de caritas largas y frases como: ¡Aún falta mucho! ¡Nos toca esperar un año! ¡¿No puede ser antes?!
Pues contando con que es una novela que aún estoy escribiendo, y que una vez la termine debe pasar por todo el proceso de edición, que también es un poco largo… Os aseguro que no es mucho tiempo, no. Al contrario, el esfuerzo conjunto por parte de todos va  a ser titánico. Os lo dice la que en marzo estaba acabando los últimos capítulos de Rompiendo las reglas, viendo a su editora en directo por Periscope presentándola como novedad para mayo, con su portada ya diseñada y su sinopsis…

De esta voy a la cárcel. 

¿Es o no es un acto de fe? Pues creo que me he vuelto adicta al subidón de adrenalina que suponen estos retos. Y aunque no lo parezca, Cruzando los límites 3 va a salir publicada mucho antes de lo que tenía pensado en un principio.
Y sí, aún queda todo un año por delante para ese momento, pero en marzo llega a las librerías un trocito de mi corazón. Y es casi literal, porque cada página de Palabras que nunca te dije está repleta de sentimientos, mis sentimientos: lágrimas, risas, tristeza, emoción, deseo, tensión… todo eso y mucho más es lo que he sentido escribiendo esta novela y se respira al leerla.

Para no derretirse con esa sonrisa... ¡Jayden!!
Como veis, este 2017 viene cargadito, dos de mis historias verán la luz y espero que os las llevéis a casa con vosotros.

¡Os seguiré contando!